
Ayer me contaron algo que nunca había tenido en cuenta y que resultó obvio en el relato, aunque demasiado intenso en la sensación. Y resultó ser que esa habitación del barrio de Urquiza en la que pasé múltiples noches de placeres y pasiones, y más mañanas aún de desayunos a la escucha de tus más grandes obras, resultó ser que esa habitación estaba casi pegadita a la tuya, en el lado B de la calle Iberá. Y no es que no supiera que tu casona era sobre esa calle, pero es que jamás necesité acercarme a buscar un signito spinetteano en esas paredes, porque todo lo que me diste (sí, me diste) está tan adentro, tan plantado que no necesité nunca de una prueba externa para asegurarme.
Pero hoy, que te extraño, pasé y busqué –sin saber en realidad bien qué–, un pedacito de tu alma de diamante clavado en alguna de esas paredes desconocidas, jamás observadas. Llegué a un portón azul, despintado por el sol, y hallé, descubrí, casi como en un acto de arqueología, unos trocitos de cinta de papel aislados, que supuse pertenecerían a cartas que la gente se acercó a regalarte muchos días antes de que yo me animara siqueira a buscar.
Ahora, que me imagino de manera fantasiosa tu descubrimiento en alguna mañana porteña, a través de la delgadas paredes prefabricadas, de dos amantes compartiendo tu arte en sus sábanas, me siento un poco más cerca, casi como más comprendida, menos sola, compartida en un código de libertad que no había sentido tan claramente y que ya no quiero olvidar ni renunciar.
Ahora, que te extraño tanto, te siento un poco más parte de mí, en lo más profundo, en el áurea misma de tu sexo.
Por alguna razón, sin sentido y egoísta, ahora te quiero más.
Por alguna razón, sin sentido y egoísta, ahora te quiero más.