1 de mayo de 2011

Respirar la historia

Es más espacio que densidad, y sin embargo pesa respirar. El Parque de la Memoria, sobre la Costanera Norte y a metros de la Ciudad Universitaria, recibe a sus visitantes con puertas, cielos, historias y heridas abiertas. A simple vista es gris y es frío, pero también es verdad y es luz. Es silencioso y tranquilo, y entonces el río hipnotiza con su danza y con su sonido, buscando gritar (tantas veces grita el agua) las cosas que en la tierra callamos. Grita, además, porque tiene aire, porque no hay grito sin respiración y porque no hay historia sin pulmones que la reclamen.
Por los caminos internos se pasea un grupo de guardapolvos blancos que oye el relato que el viento y su maestra le tienen preparado. Pienso en lo interesante que hubiera sido realizar excursiones de ese tipo durante mi escuela primaria –también pública–, en lugar de tantas otras salidas inútiles, pero recuerdo que eran tiempos de indultos, obediencia debida y punto final, y no había espacio para revisiones de ningún tipo.



Mientras el camino avanza, señalizado por carteles que recuerdan a modo de “PARE“ la precarización laboral, el cierre de fábricas, la guerra de Malvinas y la estatización de las deudas –entre muchas otras cosas–, los aviones que salen de Aeroparque llenan y perturban los oídos por algunos segundos, haciendo llevar casi inconscientemente la mirada hacia el río, donde está la escultura del joven Pablo Miguens de cara al horizonte. Miguens tenía tan sólo 14 años cuando se lo llevaron de su casa, y fue uno de los arrojados en estas costas. Por eso, aquellos “vuelos de la muerte“ se sienten en la piel, en ese vibrar de turbinas imparables que pasa efímero pero decidido, una y otra vez, provocando la vista hacia arriba en cada oportunidad. Paradójicamente, al rato, uno logra acostumbrarse y prescindir de esas repetidas observaciónes.

En el centro espera el muro. Gris, en forma de zig-zag y por momentos muy alto, está sostenido por treinta mil ladrillos que guardan las identidades de los treinta mil desaparecidos. Sin embargo aún faltan nombres que tallar en bloques que permanecen vacíos, a la espera de la desclasificación completa de todos los archivos de la dictadura.
El muro golpea, pero también pide el abrazo. Como hundido en la tierra, en una fisura que no termina de cicatrizar, la pared se separa de quien la mira por una especie de pendiente en donde se ubican las luces que lo iluminarán por la noche. La historia se vuelve tan físicamente palpable que si alguien quiere acercarse a sentir su temperatura, su olor o acariciar algún nombre, debe bajar ese pequeño escalón, debe hundir un pie en la representación de ese lodo, donde hoy se hacen su lugar los pequeños focos de luz. Entonces la respiración vuelve a hacerse espesa y a buscarse poderosa, para llenarse de oxígeno y poder seguir caminando los nombres, sin ahogo, que sin voz no hay salidas y sin pulmones no hay historia.
Los nombres están ordenados por año, y algunos años son y se hacen más largos que otros y a veces uno empieza a desear que terminen, mientras aprieta dientes y pasos. Se avanza leyendo esos nombres y edades, casi al azar, y aparecen Conti, Falcone o Rodolfo Walsh, y aparece aquella “Carta abierta de un escritor a la Junta“, y aparece ese nudo en el pecho recordando el 25 de marzo del ’77 que se lo llevaron, como a tantos, y aparecen tantos.



Se puede estar unos veinte minutos caminando los nombres y unos cuantos suspiros más pensando las historias de cada treintañero, embarazada, estudiante secundario o ladrillo no inscripto que habitan en el muro. Pero al salir todo vuelve a parecer puro espacio, amplio, casi vacío. Por momentos el Parque da una extraña sensación de no conclusión, o de cambios recientes o contínuos o de una idea en el aire que no termina de cerrar. Quizás es forzado, o una mala interpretación. Quizás es diseño. O quizás es que el Parque, como la historia –como nuestra historia– nunca termina de cerrarse, nunca termina de leerse. Porque aquella es también la de hoy y la de mañana, porque la construcción es un camino eterno y porque sin pulmones no hay, no puede haber historia. Entonces, llenar nuestro pecho de aire –del puro– y nuestros pasos de callos –de los buenos– y entender, y seguir, y respirar y exhalar y volver a respirar, para siempre.



*crónica para el taller de Crónica Periodística en Mu - La Vaca, a cargo de Claudia Acuña

2 comentarios:

Piter dijo...

Qué bueno volver a tener presente esta crónica; te felicito, Caro.

Caro dijo...

Gracias cumpa! Abrazo grande