
Josef Koudelka reconoce esas miradas que ningún otro reconocería. Se reconoce en ellas, se encuentra en ojos que gritan sensaciones que sólo un corazón sensible es capaz de recibir, y de aceptar.
Josef Koudelka respira a través de sus lentes y se alimenta de cada uno de los disparos de su cámara que –supo decir alguna vez– le suceden casi sin darse cuenta pero llenos de intensidad.
Recortes que resultan obvios, encuadres que parecen forzados, composiciones perfectas o azarosas; nada de eso es así o todo lo es, pero siempre en pos de mostrar aquello que la mayoría de las personas no pueden, o no quieren, o simplemente no se ocupan de ver.
En “Invasión ‘68: Praga“, Koudelka retrata como nadie la resistencia de un pueblo aterrado, el uso de ese miedo como escudo de lucha, el confronte, la división, la impunidad y el después, en esa famosa imagen con el reloj marcando una hora que no importaba y una ciudad gris como tapiz de fondo.
Koudelka no es un fotógrafo más, básicamente porque no puede ser calificado como un simple fotógrafo. Koudelka es un evidenciador de todo lo que se respira en el aire y que pocos –o menos– logran ver. Koudelka es un señalador, un guía, un flash que ilumina aquello que la cotidianidad tiñe de oscuridad, de normalidad, de no importancia. Koudelka hace visible. Koudelka ve.