“La vida son muchas cosas“, me dijo una noche y sólo así entendí que ya no compartiríamos sus cigarros por la mañana ni mis mates por la tarde desparramados en sus sábanas siempre revueltas. Se había escapado de mi tiempo y yo no había hecho nada por sostener; no sé construir, pensé, pero no me creí. Yo también sentía por esos días la sensación de no poder abrazar, de no alcanzar, de la falta eterna. Pero la falta es deseo, me consolaba, y entonces seguía buscando esperando, en el fondo -muy en el fondo-, no encontrar demasiado.
Una mañana me levanté con los pies fríos y una sensación de incomodidad de esas que hacen que una quiera salirse de sí misma para sentirse a gusto con la vida, con el cuerpo, con el ser, pero que a la vez piden a grito la contención propia, no con pena ni melancolía, sino con fuerza luminosa. Esa mañana elegí un desayuno con cerales, por encima de los acostumbrados matescontostadas, y por primera vez en mucho tiempo no encendí la radio, para escuchar el sonido del barrio matutino desde la ventana. El crujir de los cereales entre mis dientes me aturdía más que nunca y el silencio de la habitación, invadida por apenas un rayito de sol que lograba sortear los tejados y la copa de los árboles, me llenaba de soledad, de la más confortable soledad. Por un instante sentí no necesitar nada más, nunca más.
Pero llegó el mediodía, el encendido de la radio, el timbre de alguna venta callejera, el mate junto al estudio de las palabras de Artaud y Fitzgerald y entonces sonó el celular, había llegado un mensaje, y sonó fuerte porque la noche anterior había estado en un bar y necesitaba escucharlo, sonó fuerte y me aturdió, como los cereales, sonó y lo agarré y lo abrí y era él, y decía
no sé hasta dónde creo en todo lo que digo. me regalo el beneficio de la duda.
pero esta mañana quise que vinieras a compartir las muchas cosas de la vida conmigo,
¿venís a dudar conmigo?
pequeñas partecitas de mi que escapan de la pecera de lo privado, para explotar en lo flotante de esta (des)comunicación virtual. (o algo así)
15 de julio de 2012
3 de mayo de 2012
No te alejes tanto de mi
Me estaba empezando a extrañar cuando me reencontré.
Con el invierno llego, pensé, aunque con la primavera algunas veces me voy. Otras me pierdo un poquito pero vuelvo a tiempo, cuando lo demás está por cruzar la puerta pero todavía me espera al grito de “¡Dale, apurate que llegamos tarde!“. Cuando zafo de contestar compulsivamente que no hay apuro mientras calmo el caminar (soy adicta a repetir insoportablemente eso de que “tengo tiempo para saber si lo que sueño concluye en algo“) aprieto el paso y alcanzo. Si no, espero y entonces sigo sola, por elección. Otras veces llego tarde, y entonces la rabia me inunda, por la frustración, por el dejar pasar, por el no poder sacar; ahí el tiempo es otro, no es el de la puntualidad, el del apuro o de la presión sistemáticamente jovial, es el tiempo del deseo, del reconocimiento, del encuentro con la propia pulsión de felicidad, de placer.
Siempre supe que había algo en las distancias que marcaban con fuego las llegadas.
Cuando iba a la escuela primaria, ubicada a tres cuadras de casa, llegaba siempre tarde. La cercanía me daba una seguridad ridícula que me llevaba a pasarme de confianzas y terminar entrando varios minutos después del horario oficial. Mis compañeros que viajaban entre media y una hora en autos o colectivos, en cambio, llegaban siempre temprano. La inseguridad que imprime la distancia los hacía prever, no dejar, estar atentos y llegar a tiempo, lo que además y por cierto los llenaba de esa confianza que al principio parecían no tener. El círculo les cerraba.
Yo todavía necesito ponerme dos despertadores para no quedarme dormida, aunque a veces cuando duermo con él me paso la noche en vela. Yo todavía preciso de mucha voluntad para no flaquear justito en el momento que tengo que salir de casa para empezar mi día con todas sus actividades y migraciones de barrio en barrio, aunque en mi día libre miro contínuamente el celular o los emails esperando la primera invitación al exterior. Yo siempre quise tener una motito y manejar mi velocidad a gusto, incluyendo aceleraciones y pausas, coleadas y frenadas imprevistas, aunque a veces hasta la bici me da cierto vértigo desafiante.
En realidad, yo quise que este blog nunca tuviera una entrada tan personal como ésta, pero acá estoy, reencontrada y sobreexpuesta, como una imagen quemada en una cámara a la que se le rompió el fotómetro para siempre, y que entonces busca conocerse a fondo, sin marcas, en un puro equilibrio sensorial.
Con el invierno llego, pensé, aunque con la primavera algunas veces me voy. Otras me pierdo un poquito pero vuelvo a tiempo, cuando lo demás está por cruzar la puerta pero todavía me espera al grito de “¡Dale, apurate que llegamos tarde!“. Cuando zafo de contestar compulsivamente que no hay apuro mientras calmo el caminar (soy adicta a repetir insoportablemente eso de que “tengo tiempo para saber si lo que sueño concluye en algo“) aprieto el paso y alcanzo. Si no, espero y entonces sigo sola, por elección. Otras veces llego tarde, y entonces la rabia me inunda, por la frustración, por el dejar pasar, por el no poder sacar; ahí el tiempo es otro, no es el de la puntualidad, el del apuro o de la presión sistemáticamente jovial, es el tiempo del deseo, del reconocimiento, del encuentro con la propia pulsión de felicidad, de placer.
Siempre supe que había algo en las distancias que marcaban con fuego las llegadas.
Cuando iba a la escuela primaria, ubicada a tres cuadras de casa, llegaba siempre tarde. La cercanía me daba una seguridad ridícula que me llevaba a pasarme de confianzas y terminar entrando varios minutos después del horario oficial. Mis compañeros que viajaban entre media y una hora en autos o colectivos, en cambio, llegaban siempre temprano. La inseguridad que imprime la distancia los hacía prever, no dejar, estar atentos y llegar a tiempo, lo que además y por cierto los llenaba de esa confianza que al principio parecían no tener. El círculo les cerraba.
Yo todavía necesito ponerme dos despertadores para no quedarme dormida, aunque a veces cuando duermo con él me paso la noche en vela. Yo todavía preciso de mucha voluntad para no flaquear justito en el momento que tengo que salir de casa para empezar mi día con todas sus actividades y migraciones de barrio en barrio, aunque en mi día libre miro contínuamente el celular o los emails esperando la primera invitación al exterior. Yo siempre quise tener una motito y manejar mi velocidad a gusto, incluyendo aceleraciones y pausas, coleadas y frenadas imprevistas, aunque a veces hasta la bici me da cierto vértigo desafiante.
En realidad, yo quise que este blog nunca tuviera una entrada tan personal como ésta, pero acá estoy, reencontrada y sobreexpuesta, como una imagen quemada en una cámara a la que se le rompió el fotómetro para siempre, y que entonces busca conocerse a fondo, sin marcas, en un puro equilibrio sensorial.
23 de marzo de 2012
apertura anal es apertura mental

una pequeña descarga ante tanto pacatismo y heteronormatividad y aburrimiento y moralina medieval.
(si no puedo bailar, no es mi revolución)
27 de febrero de 2012
un Flaquito en mi placard
En el último mes, todas las veces que escribí te escribí a vos, todas las veces que lloré te lloré a vos, todas las veces que soñé te soñé a vos. No paro de extrañarte y no es que me haga bien esta especie de obsesión sentimental, pero de alguna manera se trata de un largo exorcismo para volver a ser feliz con tus acordes y tus poesías sin que se me anude el pecho de insoportable tristeza.
Ayer me contaron algo que nunca había tenido en cuenta y que resultó obvio en el relato, aunque demasiado intenso en la sensación. Y resultó ser que esa habitación del barrio de Urquiza en la que pasé múltiples noches de placeres y pasiones, y más mañanas aún de desayunos a la escucha de tus más grandes obras, resultó ser que esa habitación estaba casi pegadita a la tuya, en el lado B de la calle Iberá. Y no es que no supiera que tu casona era sobre esa calle, pero es que jamás necesité acercarme a buscar un signito spinetteano en esas paredes, porque todo lo que me diste (sí, me diste) está tan adentro, tan plantado que no necesité nunca de una prueba externa para asegurarme.
Pero hoy, que te extraño, pasé y busqué –sin saber en realidad bien qué–, un pedacito de tu alma de diamante clavado en alguna de esas paredes desconocidas, jamás observadas. Llegué a un portón azul, despintado por el sol, y hallé, descubrí, casi como en un acto de arqueología, unos trocitos de cinta de papel aislados, que supuse pertenecerían a cartas que la gente se acercó a regalarte muchos días antes de que yo me animara siqueira a buscar.
Ahora, que me imagino de manera fantasiosa tu descubrimiento en alguna mañana porteña, a través de la delgadas paredes prefabricadas, de dos amantes compartiendo tu arte en sus sábanas, me siento un poco más cerca, casi como más comprendida, menos sola, compartida en un código de libertad que no había sentido tan claramente y que ya no quiero olvidar ni renunciar.
Ahora, que te extraño tanto, te siento un poco más parte de mí, en lo más profundo, en el áurea misma de tu sexo.
Por alguna razón, sin sentido y egoísta, ahora te quiero más.
Por alguna razón, sin sentido y egoísta, ahora te quiero más.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)